Escrito por Jennifer Ádcock. Publicado originalmente en el blog Jennívora.
Ahora que todos los días son una despedida, Monterrey me parece menos áspera. Me gusta andar en bici por el centro, de noche, metiendo los pies en charcos sucios, para entaconarme al día siguiente e ir un desayuno ejecutivo en un palacio en la punta más alta de la loma. Me gusta andar el coche de 9 a 10 de la noche, escuchando la hora íntima de Agustín Lara en el AW. O a cualquier hora, comiéndome un cuernito y escuchando una cumbia que habla sobre quitarle la virgnindad a una chica. Me da nostalgia de antemano mi colonia que huele a galletas, el sol que todavía no llega, la central de autobuses que sabe a monedas, los cotorros de las seis de la tarde, las capas y capas de montañas mojadas que siempre me quedó pendiente trepar, los agostos de tormenta, las palmeras en la avenida Madero, los concupiscentes OPEN de los que escribió Boigen. Quiero cubrir mi cuerpo del polvo de Colón como de una ceniza sagrada. No dejan de impresionarme los contrastes, las contradicciones, los estúpidos localismos, y me siento afortunada de conocer muchos puntos de vista distintos.
Distintos
Siempre me divierte estar con un grupo de personas de un mismo gremio. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando Charli y yo fuimos con Mario Chapa a un puestito cerca del puente del papa, donde un compa suyo tenía un negocio de arreglar aparatos eléctricos. Los dos eran expertos en teclados y sintetizadores viejos. Hablaban de modelos, de precios, de gente famosa que usó tal teclado, de métodos para arreglarlos, de dónde conseguir piezas que ya no se fabrican, de revistas descontinuadas donde se publicaron reseñas. Se apasionaban mucho. Charli y yo no podíamos agregar nada de valor a la conversación, pues evidentemente no éramos tan versados en teclados viejos. Pero igual los escuchamos divertidos, aprendiendo. Creo que me gusta tener ese papel en las conversaciones, sea con expertos en música, literatura, artistas visuales, futbol, chismes familiares; con indigenistas, veganistas, idealistas; con expertos en el reino de lo doméstico, en las noticias y la televisión; con conocedores del cine, jugadores de juegos, románticos empedernidos; o con quien sea. Sí, me diluyo y no soy experta en nada, mi pasión no da para tanto. Pero mi objetivo nunca ha sido aportar algo interesante, sino recibir vampirescamente lo que se dice, y en especial, lo que no se dice.
No se dice
Sometimes I can almost touch the secrets welling up between me and everybody else.